¿Error humano o error sistémico?

16 07 2009

Hospital Hregorio MarañónAsistimos con perplejidad durante estos días a la noticia de la muerte del pequeño Ryan en el hospital Gregorio Marañón de Madrid, donde permanecía ingresado desde su nacimiento el pasado 29 de junio.

Ryan era un bebé prematuro nacido por cesárea a las 28 semanas de gestación, tan sólo varias horas antes de que su madre, Dalila Mimoumi, se convirtiera en la primera víctima mortal de la gripe A en España, tras peregrinar tres veces por los servicios sanitarios madrileños hasta que finalmente fue ingresada en la UCI del Hospital Gregorio Marañón de Madrid. Su hijo, Ryan, falleció también el pasado 13 de julio, no de gripe A, como podría esperarse, sino tras recibir alimentación por vía intravenosa, en lugar de nasogástrica.

La investigación judicial deberá determinar lo ocurrido y establecer las responsabilidades civiles y penales oportunas, pero parece muy difícil explicar cómo pudo cometerse un error tan grave. En muchos hospitales españoles los tubos están perfectamente diferenciados con colores u otros elementos identificativos, precisamente para no cometer este tipo de fallos fatales. En algunos países europeos, además, los catéteres que se usan para administrar medicación y alimentación son incompatibles entre sí, lo que evita errores como el ocurrido con Ryan. ¿Cómo es posible que precauciones tan elementales no estén protocolizadas y sean de obligatorio cumplimiento en todas las unidades de neonatos de cualquier hospital del país?

Las muertes de Dalila y del pequeño Ryan exigen muchas explicaciones y, sobre todo, dejan al descubierto las debilidades de nuestro sistema sanitario. La profesión sanitaria en España es víctima diariamente de una gran presión asistencial, movilidad interna forzosa, plantillas reducidas, condiciones de trabajo bajo mínimos y fuga de profesionales hacia los nuevos hospitales y hacia otros países. El caso del pequeño Ryan no parece únicamente atribuible a un error humano, sino al triste resultado de graves deficiencias de organización hospitalaria, escasez de medios, falta de protocolos de actuación claros y saturación de trabajo.

Ante este tipo de situaciones, los medios de comunicación no deben simplemente informar de los acontecimientos, sino también sobre las circunstancias y las causas que han hecho que una situación así sea posible. Cargar las tintas contra la persona o las personas que cometieron el error médico no sería suficiente ni tampoco justo. Los medios deben informar pero también denunciar situaciones anómalas. Posiblemente tanto Dalila como su bebé Ryan murieron en circunstancias en las que se produjeron fallos de organización en el sistema sanitario. Como ellos, otras 508 personas fallecieron el año pasado por presunta negligencia médica, según datos de la asociación El Defensor del Paciente. Simplemente, estas muertes se pueden y se deben evitar.





De faldas, cofias, delantales y otras imposiciones reales y simbólicas

13 12 2008

Uniforme Enfermera, Dibujo publicado por juanrojo el 10 abril de 2008 en LaComunidad

El Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) ha desestimado una demanda contra las Clínicas Pascual en relación a la obligación para las enfermeras y auxiliares de enfermería de usar un uniforme formado por falda, cofia, delantal y medias, al considerar que no supone discriminación por razón de sexo ni constituye un problema en materia de salud laboral. El Tribunal andaluz afirma en su sentencia que dicha imposición responde a “consideraciones organizativas con la finalidad de dar a la clientela una buena imagen de la empresa”.

 

El tribunal avala así la conducta de la clínica gaditana San Rafael que redujo en 30 euros el sueldo de las enfermeras que usaron pantalón sanitario en vez del uniforme reglamentario con falda, delantal, cofia y medias.

 

Al parecer, la dirección de la clínica argumenta que el uniforme con falda obedece a la necesidad de dar buena imagen de la clínica, de dónde se infiere que una enfermera sólo puede dar buena imagen con falda, es decir, mostrando parte de su cuerpo y ofreciendo una imagen servicial con cofia y delantal, lo cual es intrínsecamente discriminatorio y atenta directamente contra la dignidad de estas mujeres, pues a estas enfermeras se les imponen consideraciones estéticas por el sólo hecho de ser mujeres y se anteponen criterios estéticos y de imagen por encima de los de eficiencia profesional y seguridad laboral para las trabajadoras.

 

Si el uso de la falda realmente diera a la clientela una buena imagen de la empresa (afirmación, por otra parte, bastante cuestionable), entonces todo el personal, hombres y mujeres, tendría que usar falda.

 

Se trata de un sexismo simbólico con repercusiones reales. Se impone el uso de ciertos elementos distintivos que confieren un estatus diferente a hombres y a mujeres. A pesar de desempeñar el mismo trabajo y tener las mismas responsabilidades, las mujeres están obligadas a usar esos elementos diferenciales, porque tienen una función simbólica: les confieren ciertos atributos construidos socialmente (abnegación, vocación de servicio, docilidad, obediencia, subordinación).

 

Como argumenta el presidente del colegio de enfermería de Cádiz, Rafael Campos en declaraciones al diario Público, “un uniforme no puede ser identificativo de papeles sociales ni culturales, ni de modelos ancestrales, sexistas y trasnochados para la mujer”.

 

Aunque pueda parecerlo, no es una cuestión banal. Como en la mayoría de ocasiones, se trata de un problema de poder.

 

Por si había alguna duda, la Sala que ha dictado la sentencia está compuesta exclusivamente por magistrados y, por lo que parece, no especialmente comprometidos con la defensa de derechos fundamentales como la igualdad y la no discriminación.

 

 





La crisis económica y la socorrida metáfora de la enfermedad

7 11 2008

 

Desde que estalló la crisis de las hipotecas basura en Estados Unidos, los medios de comunicación y los analistas económicos han adoptado el lenguaje de la medicina y han hecho gala de una amplia gama de terminología médica para describir la situación provocada por la crisis económica. Se ha hablado de síntomas, de diagnóstico, de infecciones, de riesgo de contagio, de metástasis, de cáncer, de tratamientos de choque, de intervenciones quirúrgicas, de pronósticos desfavorables, de convalecencia, de enfermedad terminal.

 

Nadie ha podido resistirse a la comparación. Desde la política, la economía y el periodismo, se han sucedido los ejemplos de uso metafórico del lenguaje médico.

 

· “La crisis económica es como un enfermo de cáncer que no responde  a la quimioterapia.” (Intereconomía TV)

 

· “La verdad es que llevamos unas semanas que nos acercamos al quiosco como el que visita al oncólogo, pensando que la situación no tiene remedio.”  (La Vanguardia, 8 de octubre)

 

· “La actual crisis financiera es una “enfermedad vergonzosa” (Richard Fisher, Presidente de la Fed de Dallas, el 25 de septiembre)

 

· “La crisis financiera global actual es una de las consecuencias del capitalismo, cuyas fases funcionan como un cáncer que carcome la sociedad y hace imposible que la vida tenga camino y oportunidades”. (Hugo Chávez, presidente de Venezuela, 2 de octubre)

 

· “La doble crisis económica y política ha hecho de Italia el enfermo de Europa”. (El Periódico de Catalunya, 6 de agosto)

 

· “La crisis necesita un tratamiento de choque, porque no es sólo una crisis financiera, sino de todo el sistema democrático. No hay metástasis pero puede haberla si no se produce ese tratamiento de choque, y hay que decir que ya hay órganos sensibles del cuerpo democrático muy dañados”. (La Gaceta de los Negocios, 30 de septiembre)

 

· “El magnate T. Boone Pickens cuenta con varios fondos de inversión sectoriales de energía renovable que le están jugando una mala pasada debido a la metástasis de la crisis financiera en otros sectores industriales”. (El Mundo, 28 de septiembre)

 

· “El sistema financiero de EE UU está enfermo de endeudamiento crediticio”. (El País, 29 de septiembre)

 

 

Nada que objetar, si se tratara de una comparación más equilibrada. Pero al describir la crisis económica como una “enfermedad vergonzosa” (¿por qué una enfermedad habría de ser “vergonzosa”?) o como un “cáncer que carcome la sociedad”, se ofrece una visión negativa de la enfermedad y por extensión de las personas enfermas. Al utilizar siempre metáforas negativas, se representa a las personas que tienen una enfermedad como una anomalía del sistema, un hecho pernicioso e incluso declaradamente vergonzoso.

 

 

Este tipo de representaciones negativas contribuyen a perpetuar reacciones de rechazo o negación ante la enfermedad y generan desesperanza e impotencia. No se trata de corrección política o de no poder llamar a las cosas por su nombre. Todo lo contrario. Se trata de ser un poco más exigentes con los mensajes que damos y recibimos y de ir un poco más allá, de aproximarse  a los fenómenos de salud y enfermedad desde un punto de vista más complejo.

 

En la economía, hay ciclos de bonanza y ciclos de crisis. En la vida de las personas, hay períodos de salud y periodos de enfermedad. Con un poco más de esfuerzo, seguro que es posible apostar por imágenes, analogías y discursos que ayuden a comprender esos procesos y que no produzcan confusión, sensacionalismo o directamente desinformación.

 





Comunicar sin estereotipos

17 08 2008

 

 

Un estudio dado a conocer por la agencia Zenithmedia concluye que Sony, Adidas y BMW son las marcas comerciales más mencionadas por los consumidores españoles (hombres), mientras que Mercadona, Carrefour y Danone son las marcas más citadas por las consumidoras (mujeres). Es decir, ellos centran su atención en coches, tecnología y deporte y ellas se ocupan de la alimentación y del cuidado del hogar. ¿Así de simple?

 

A primera vista, el resultado de este estudio reflejaría una realidad social. Y es que en los hogares españoles aún existe una distribución muy desigual en el reparto de las tareas. Según datos del Instituto de la Mujer, las mujeres se ocupan en un 71% de las tareas de mantenimiento del hogar frente al 28% de los hombres y el 48% de mujeres realiza las compras para la casa frente a un 28% de los varones.

 

Por otra parte, muchos anuncios publicitarios siguen dirigiéndose explícitamente a hombres o a mujeres sin que la naturaleza del producto así lo justifique. Por ejemplo, la publicidad de electrodomésticos vinculados al ocio como televisores y videocámaras se dirige sobre todo a hombres y el mensaje suele incidir en las prestaciones técnicas del producto. En cambio, la mayoría de los anuncios de electrodomésticos vinculados a las tareas del hogar o de productos de alimentación y de limpieza van dirigidos a mujeres, son protagonizados por mujeres y el mensaje se centra en el fácil manejo o en sus atributos estéticos o de diseño.

 

Así las cosas no sería de extrañar que, preguntadas acerca de cuál es la marca comercial que más conocen, muchas mujeres citaran marcas relacionadas con la alimentación y el abastecimiento doméstico. De confirmarse, sería un dato revelador, en tanto que pondría de manifiesto que todavía las mujeres son quienes mayoritariamente realizan los trabajos domésticos y por lo tanto no disponen de la misma cantidad de tiempo para el ocio, el deporte o la tecnología.

 

Sin embargo, esta constatación es un arma de doble filo, pues al recurrir a estereotipos sexistas en decadencia para presentar una realidad desigual sin cuestionarla ni denunciarla, finalmente se corre el riesgo de reforzar esos tópicos, pues se transmite el mensaje de que “lo normal” o peor aun “lo natural” en hombres es lo relacionado con el ocio, la tecnología y los deportes y “lo normal” o “lo natural” en las mujeres es el cuidado del hogar y la familia.

 

En este sentido, al analizar la cobertura informativa que tuvo este estudio en los medios, vemos como ABC, Expansión y 20 Minutos, transmitieron en mayor o menor grado los estereotipos de género de forma totalmente acrítica, en especial ABC, al afirmar que los hombres citan marcas relacionadas con el ocio, la tecnología y los deportes “de manera espontánea”, léase, “natural”:

 

● ABC: “Los hombres citan de manera espontánea las marcas relacionadas con el ocio, la tecnología y los deportes, tales como Sony, Adidas y BMW, mientras que las mujeres hablan de alimentación y comercio, en especial de Mercadona, Danone y Carrefour”.

 

● Expansión: “La marca de supermercados es la más comentada entre las mujeres, junto con Danone y Carrefour; frente a Sony y Adidas, que destacan entre los hombres”.

 

● 20 Minutos: Los hombres citan a Sony, Adidas y BMW mientras que las mujeres hablan de Mercadona, Danone y Carrefour.

 

Tan sólo El País introdujo una leve sombra de duda y se cuestionó el resultado de la encuesta.

 

● El País: “El estudio de Zenithmedia abona algunos lugares comunes al distinguir las respuestas entre hombres y mujeres: mientras ellos hablan de marcas asociadas al deporte y la tecnología (Sony, Adidas, BMW), ellas se decantan por el consumo y la alimentación (Mercadona, Danone, Carrefour)”.

 

A la hora de trasladar a la sociedad conclusiones cuando menos cuestionables o controvertidas, quizá cabría esperar por parte de los medios de comunicación un poco más de contextualización y análisis,  e incluso, una apuesta decidida por una información independiente que elimine los estereotipos sexistas sobre las funciones que mujeres y hombres desempeñan dentro y fuera del hogar.

 

En realidad, los estereotipos nos afectan negativamente a todas y a todos, pues se constituyen en patrones, modelos o paradigmas que dificultan el desarrollo y la expresión de cualidades y capacidades de las personas, sin distinción de sexos.





Hacia la corresponsabilidad en los cuidados a familiares dependientes

27 07 2008

Según la última Encuesta de Población Activa difundida por el Instituto Nacional de Estadística, un total de 384.100 personas trabajaron a tiempo parcial en 2007 para poder cuidar a personas dependientes. De ellas, el 98% fueron mujeres.

Esta cifra evidencia un desequilibrio estructural de género en el sistema de atención a familiares dependientes en España, que acarrea serias repercusiones a nivel económico, laboral, social y de salud para las mujeres cuidadoras.

Al deterioro físico, psíquico y emocional producido por la sobrecarga que suele suponer el cuidado de familiares enfermos, hay que sumar la exclusión del mercado laboral, la precariedad económica presente y futura al verse afectados sus ingresos y sus pensiones y la pérdida de relaciones sociales y de oportunidades de desarrollo personal y profesional.

No es justo que socialmente se siga exigiendo en exclusiva a las mujeres la obligación de asumir la responsabilidad principal de los cuidados. Necesitamos equilibrar las contribuciones de hombres y mujeres en el ámbito familiar. Nos urge encontrar nuevas formulas mas respetuosas con el derecho a la igualdad de oportunidades, nuevos modelos basados en la corresponsabilidad y la solidaridad, no solo entre hombres y mujeres, sino tambien entre otros agentes sociales como son las empresas y el estado.

Para alcanzar cotas mas altas de bienestar para personas y familias y para hacer efectivo el derecho a la igualdad de oportunidades, necesitamos unas políticas públicas que promuevan, como dice Naciones Unidas[1], “un cambio de mentalidad para redistribuir socialmente el costo de la carga de las tareas de cuidado equitativamente entre hombres y mujeres, entre Estado, familia, comunidad y empresas”.

 
 

 


[1] Informe sobre Desarrollo Humano 1999. Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Página 83. Disponible en: http://pnud.sc17.info/files/InfoMundiales/IDH%201999.pdf

 

 

 





La belleza como instrumento de control

10 07 2008

Con una virulencia inédita hasta nuestros días, con unas estrategias cada vez más agresivas, los medios de comunicación y en especial la industria publicitaria insisten en difundir un modelo de belleza que presenta el cuerpo de las mujeres como un espacio de imperfecciones que hay que corregir.

 

Se nos imponen dietas, alimentos light, largas sesiones de gimnasio, spas, productos de belleza e incluso cirugía invasiva. ¿Por qué nos sometemos a estas prácticas? ¿Quién marca estas pautas? ¿Quién opina y quién decide sobre nuestros cuerpos? ¿Quién pone tan ingente empeño en generar insatisfacción para después ofrecer soluciones? 

 

La cultura imperante es cada vez más violenta con las mujeres, violencia no sólo física sino también simbólica. Física, porque se presenta una imagen distorsionada del cuerpo y se incentiva a invertir tiempo, dinero y energía en tratar de conseguir a cualquier precio cánones de belleza irreales e inalcanzables. Simbólica, porque se presenta la belleza no sólo como una cuestión de apariencia sino también de comportamiento, es decir, para conseguir éxito social hay que adaptarse y ceñirse a los roles establecidos.

 

El actual estilo de vida occidental permite a las mujeres el acceso a la vida pública, al mundo laboral y a la educación. Pero establece otros métodos de control. Imponiendo masivamente la ideología de la belleza, la sociedad enseña a las mujeres a medir su éxito personal, profesional y social en términos de apariencia física y de adecuación a los roles.  

 

Las presiones sobre las mujeres son hoy en día si cabe más fuertes que nunca, más sutiles, pero tan dañinas e intelectual y políticamente tan desmovilizadoras para las generaciones actuales de mujeres como fueron en su día la religión y el patriarcado.

 

 

 

Las poderosas industrias de la moda y la cosmética difunden unos cánones ficticios e imposibles y explotan la imagen de las mujeres en beneficio propio. Necesitan de la insatisfacción de las mujeres con sus cuerpos para seguir obteniendo beneficios. La insatisfacción corporal, masivamente inoculada como un virus en las mujeres de las sociedades occidentales, se ha convertido en el gran negocio del siglo XXI y en un rentable y eficaz instrumento de control.

 

Si la publicidad y los medios de comunicación tradicionales no son capaces de presentar imágenes y mensajes respetuosos con los cuerpos de las mujeres, salvo quizá en muy contadas ocasiones, los nuevos medios (webs, blogs, foros), más participativos, ofrecen la oportunidad de escuchar otras voces. Usemos, pues, las herramientas de que disponemos para hacer frente a las imposiciones de las grandes corporaciones que nos dicen qué aspecto debemos tener y cómo nos debemos comportar. Reivindiquemos, decidamos, difundamos imágenes y mensajes alternativos, más acordes con nuestra realidad, para poder vivir como quienes en verdad somos.

 

Permanezcamos alerta a las agresiones, porque en definitiva lo que está en juego es nuestra salud física y mental.

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Para profundizar:

 

 

Wolf, Naomi. The Beauty Myth. How Images of Beauty Are Used Against Women. New York, William Morrow and Company, 1991.

 





Aborto, divorcio e inmigración: ¿por qué en negativo?

30 06 2008

El pasado 29 de junio,  La Gaceta de los Negocios publicaba un artículo de Jorge Bustos, bajo el título España, número uno en récords negativos, en el que el autor enumeraba una lista de supuestos “ámbitos negativos” en los que, al parecer, España ocupa el primer lugar.

 

El autor calificaba de “records negativos” fenómenos tan dispares como el incremento en el número de divorcios, las cifras sobre interrupción voluntaria del embarazo o los últimos datos sobre inmigración, sin ofrecer ningún tipo de razonamiento acerca de por qué habrían de considerarse esos acontecimientos como “ámbitos negativos”.

 

Según se desprende del texto, y a pesar de ser un derecho legalmente reconocido por la legislación española, el autor parece considerar el hecho de que las mujeres puedan decidir libremente acerca de su maternidad, como un acto “punible” y menciona peyorativamente a España como “la abanderada de la baja natalidad y del aborto más o menos impune”.

Tras incluir el consumo de psicofármacos legales en su dudosa lista de “records negativos” encabezados por España, a continuación le toca a la inmigración: “España es el país que más ha crecido por causa de la inmigración, pasando ésta de suponer 500.000 personas en 1996, a 5,22 millones en 2007”. Se vislumbra aquí una concepción de la inmigración como una lacra y, al incluirla en su recopilación de supuestos “ámbitos negativos” en los que destaca España, se ofrece una imagen negativa de las personas inmigradas, haciendo ostentación de una lamentable falta de responsabilidad y de respeto.

De nuevo comprobamos lo fácil que resulta sucumbir ante tópicos y prejuicios y cómo se opta por culpabilizar y demonizar a ciertas personas y colectivos, a los que se acusa de ser los causantes de todos los “males” que afectan al país, en un desagradable discurso de marcado carácter moralizante, misógino y xenófobo.